Los Secretos de la Carrera Espacial Rusa.

Publicado: junio 21, 2012 en Historia
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El lanzamiento en octubre de 1957 del Sputnik, el primer satélite artificial de la historia, por parte de la Unión Soviética fue un duro golpe para Estados Unidos. El mismo cohete utilizado para esta misión podía servir para depositar una ojiva nuclear sobre territorio estadounidense. Sorprendida por la repercusión de su hazaña, la URSS no tenía intención de detenerse aquí: tras la puesta en órbita de un ser vivo, la Luna sería su siguiente objetivo. Se iniciaba así una auténtica “guerra fría” de carácter cósmico.

La puesta en órbita del Sputnik por parte de una nación que hasta aquella fecha había sido considerada atrasada en el campo de la Astronáutica cogió por sorpresa a Estados Unidos, que vio en esta iniciativa un nuevo tipo de amenaza militar. ¿Cómo había podido ocurrir? La explicación es sencilla. Mientras los estadounidenses afrontaron su proyecto de satélite desarrollando casi desde cero un nuevo cohete con tal fin (el Vanguard, pequeño y poco potente), la URSS tomó un atajo y escogió su mayor vehículo disponible, el gigantesco R-7, un misil intercontinental. El presidente de EE.UU. en aquel momento, Dwight D. Eisenhower, creía que un satélite podía retrasar el desarrollo de los misiles Atlas y prefirió separar ambas actividades. Además, pensaba que el uso de un misil podía no agradar a la opinión pública, teniendo en cuenta que la misión del primer satélite debía ser de carácter científico y civil. En cambio, el presidente soviético Nikita Jruschov permitió el uso del ICBM militar atraído por la promesa de que una victoria en aquella carrera supondría un gran prestigio para los ideales comunistas.
Paradójicamente, el R-7 soviético era un misil muy grande debido a la ineficacia de los ingenios nucleares de la URSS, demasiado pesados. Gracias a ello, el ingeniero jefe del proyecto, Serguéi Korolev, y sus ayudantes dispusieron de un cohete formidable cuya capacidad de ponerse en órbita no sería superada por la de los artefactos estadounidenses en muchos años. Una ventaja que permitía trazar un plan de misiones muy ambicioso, tanto como para alcanzar la Luna.

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VENTAJA SOVIÉTICA

A Korolev no le resultó difícil convencer a Kruschov de que valía la pena mirar hacia nuestro satélite. Tras la experiencia del Sputnik el escenario espacial se había convertido en un lugar muy atractivo para dirimir rivalidades. El prestigio que estaba proporcionando la gesta a la URSS era increíble. Por eso en apenas un mes se ordenó el lanzamiento del Sputnik-2, con la perrita Laika a bordo, y se autorizó otros proyectos, entre ellos la soñada visita a la Luna.
Por su parte, EE.UU. se encontraba inmerso en una espiral frenética de toma de decisiones. Solo alcanzar la Luna podía superar la gesta del primer satélite, de modo que Eisenhower encargó a los servicios militares el diseño de misiones lunares dentro del programa Pioneer. Pero llegar a la Luna era complicado. El cohete preciso tenía que vencer la gravedad terrestre, es decir, alcanzar una velocidad de al menos 40.000 km/h, frente a los 28.000 necesarios para ponerse en órbita alrededor de la Tierra. Los ingenieros estadounidenses tendrían un largo trabajo por delante.
En la URSS, sin embargo, el problema era más sencillo. Su cohete estaba tan sobrado de energía durante el despegue (había sido diseñado para transportar bombas nucleares de 4 o 5 toneladas) que solo necesitaba un motor suplementario en su cúspide para conseguir la velocidad de escape. Dicho y hecho: el 10 de julio de 1958 se lanzó desde el cosmódromo de Baikonur un cohete R-7 equipado con una maqueta de lo que sería esa etapa de propulsión suplementaria.
En cuanto a la sonda que viajaría sobre el vehículo, existían informes desde abril de 1957, elaborados por el ingeniero soviético Mijaíl K. Tijonravov, que describían cómo debía ser y cómo funcionaría. La propuesta de Korolev respecto a la misión fue presentada el 28 de enero de 1958 al Comité Central del Partido Comunista. La sonda se llamaría Object-E y tendría distintas configuraciones para llevar a cabo diversas misiones, todas ellas con gran impacto mediático.
Se utilizarían cuatro tipos de sonda. La primera (E-1) buscaría un impacto directo contra la Luna, la segunda (E-2) fotografiaría la cara oculta de nuestro satélite, la tercera (E-3) haría lo mismo con cámaras más potentes y la cuarta (E-4) volvería a intentar impactar contra la Luna, transportando esta vez una bomba nuclear. A mediados de 1958 la opción nuclear fue descartada. Sin embargo, no se había solucionado el problema de cómo demostrar que la sonda había alcanzado su objetivo para llamar la atención pública. Se pensó en cargar explosivos convencionales a bordo de la E-1, pero finalmente se optó por dotarla de un transmisor cuya señal se vería interrumpida cuando se produjese el choque definitivo.
Según el calendario establecido, la primera sonda lunar soviética debía volar en agosto o septiembre de 1958.

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EL LUNIK


Hace 50 años los soviéticos empezaron a perseguir una nueva primicia espacial. El camino estuvo, no obstante, erizado de dificultades, dada la naturaleza pionera de la iniciativa, que resultó ser mucho más difícil de lo esperado. Ahogados por la urgencia que suponía luchar contra otro rival que también lo intentaba sin descanso y presionados por las autoridades del país, que exigían un “nuevo Sputnik”, los hombres de Korolev trabajaron sin descanso durante meses. Su premio estaba a punto de llegar.
La ventana de lanzamiento más próxima se abría el 31 de diciembre, pero algunas dificultades técnicas implicaron un retraso en el lanzamiento hasta el 2 de enero de 1959. Ese día la cuarta sonda E-1 despegó desde Baikonur y se convirtió en el primer objeto de construcción humana que alcanzaba la velocidad de escape. Una vez confirmada dicha velocidad, la maquinaria de propaganda comunista se puso en marcha y anunció al mundo el éxito del ahora llamado proyecto Lunik (o Luna). Los estadounidenses volvieron a sufrir así el duro impacto de la derrota y la humillación.
Claro está que la nota de prensa soviética nada mencionaba sobre los tres intentos fallidos anteriores. Para Occidente, la URSS había superado otra vez a sus enemigos, y no parecía existir en el horizonte perspectiva alguna de que la diferencia entre ambas potencias pudiera cerrarse a corto plazo.
Pero ¿cumplió la Lunik su objetivo? En realidad no: un fallo en el sistema de control del cohete lo impidió. Su meta real, un espectacular impacto contra la superficie lunar, no fue posible. Solo consiguió sobrevolarla a unos 6.000 km de distancia. La anomalía, en todo caso, poco importó, ya que su objetivo real no había sido anunciado. El sencillo acercamiento fue más que suficiente para entregar la gloria de la victoria a los soviéticos.

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PARANOIA SELENITA


Uno de los datos presentados en el anuncio oficial llamó especialmente la atención en Estados Unidos: el ingenio tenía una masa de 361,3 kg una cifra que hizo pensar en un error en la colocación de la coma decimal. Nada más lejos de la realidad: la superioridad soviética en materia de propulsión era aplastante. Teniendo en cuenta el peso de las miniaturizadas bombas nucleares estadounidenses, quedaba claro que un cohete como aquel habría podido enviar un dispositivo atómico hacia la Luna e incrementar el número de cráteres de su superficie. ¿Lo harían algún día?
Algunos periódicos occidentales empezaron a hacerse eco de este y otros rumores. Según estos, entre las siguientes misiones soviéticas se encontraba el envío hacia la Luna de numerosas naves que, lanzando un colorante rojo sobre su superficie, la convertirían para siempre en un paraje totalmente escarlata, como signo imperecedero del dominio comunista sobre el mundo. El motor que condujo a la Lunik hacia su destino llevaba a bordo un kilogramo de sodio que, al ser quemado mediante una sustancia parecida al napalm, creó una especie de nube amarillenta perfectamente visible desde la Tierra mediante telescopios. Esta ayuda visual para seguir la trayectoria del vehículo, una especie de cometa artificial, alimentó sin duda los rumores.
Además, a bordo de la sonda viajaba una pequeña esfera metálica diseñada para estallar y esparcirse en la Luna en 72 fragmentos, cada uno grabado con el escudo de la hoz y el martillo. Su objetivo era crear un auténtico monumento a la ideología comunista y a la patria (y quizá reclamar la propiedad de la Luna), algo frustrado por el desvío de la sonda.
Treinta años después las autoridades soviéticas reconocieron que la órbita solar de la también llamada Mechta (sueño) tenía su origen en un error de guiado. Para la historia, sin embargo, el Lunik permanecerá por méritos propios como nuestro primer enviado hacia los espacios interplanetarios.

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SERGUÉI KOROLEV: EL “ALMA” DEL SUEÑO ESPACIAL DE LA UNIÓN SOVIÉTICA


Serguéi Korolev fue uno de los padres de la Cosmonáutica en el mundo, un genio que proporcionó a la URSS sus mejores días en el ámbito espacial. Desde muy joven soñó con viajar hacia otros planetas, por lo que se involucró en el desarrollo de primitivos cohetes con otros aficionados. Muchos de estos hombres, después ingenieros, permitieron a la Unión Soviética construir sus futuros misiles y cohetes espaciales. Pero en 1938 Korolev cayó víctima de las purgas estalinistas y fue encerrado durante 6 años, que incluyeron una estancia en un gulag siberiano. Desde entonces su salud se resentiría frecuentemente. Cuando lo liberaron fue rehabilitado debido a su experiencia, ya que hacían falta ingenieros que estudiaran el primer misil militar de la historia (la V-2 alemana) y que desarrollaran dicha tecnología para el país.
Korolev ascendió a lo más alto del escalafón y su grupo de trabajo se ocupó de diseñar el ICBM soviético. Pero nunca olvidó su sueño de viajar al espacio. En cuanto pudo propuso lanzar un satélite artificial, iniciativa que solo fue aprobada cuando EE.UU. anunció algo semejante. Desde ese momento Korolev dirigió la mayoría de los programas, incluyendo el primer satélite, la exploración de la Luna y los planetas, el primer vehículo tripulado y el programa tripulado lunar. Obsesionado por alcanzar la Luna antes que EE.UU., trabajó sin descanso hasta que su salud se lo permitió. Dada su trayectoria, su existencia siempre fue ocultada por la URSS, que temía que fuera secuestrado por EE.UU. Cuando murió en 1966, el programa lunar, falto de liderazgo, colapsó, y el Apolo-11 venció en la carrera hacia nuestro satélite.

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¿SABÍAS QUÉ…

…los primeros años del programa espacial soviético estuvieron diseñados única y exclusivamente para obtener réditos militares y propagandísticos en el resto del mundo?

 

LA CURIOSIDAD

Los estadounidenses llegaron a temer que la Luna se convirtiera en el monumento definitivo al comunismo. Esto se debió tanto a la paranoia de la época por la carrera espacial como a la propaganda soviética y a la humillación que había supuesto para EE.UU. la hazaña del Sputnik.

 

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